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El atentado.- O la mentira de Occidente. Por: Ray Niebla

 

El atentado.- O la mentira de Occidente.

Por:  Ray Niebla

 

En nombre de Dios el Misericordioso «Sólo el amor puede contrarrestar el mal» Este pensamiento ensimismó durante un buen rato a Javier, escritor poco conocido en el ámbito literario y  presunto filósofo de origen árabe que vivía en Madrid en uno de los barrios más pobres y más desasistido de la ciudad: Villaverde Alto.

No lo vio muy claro y dejó el libro que contenía las Suras del Corán más importantes y se asomó a la ventana a ver cómo llovía, que por cierto lo hacía a cántaros.»Tumtir kathiranaan» le vino a la mente. (Llueve mucho).

Tenía una papeleta muy difícil de  resolver, porque iba en contra de todo aquello que estaba leyendo, pues su hermano de religión Amed Alí Ben Hayac, iba a dar la vida por su dios en un suicidio inducido por los barbudos que respondían a todas las iniciativas de este tipo en la mezquita de al lado. Tenía que hacerlo en el centro comercial que estaba en la carretera que conduce a Madrid, donde se dan cita un buen montón de personas que inocentemente van allí a hacer sus compras.  Y él tenía la misión de aconsejarlo, dirigirlo y prepararlo para esa misión, pero tenía dudas. Dudas que no tendrían que ser reparadas por su Imán pues lo consideraría una debilidad y lo apartaría de todo aquello, y a lo peor con otras, y peores, consecuencias.

Sacó un cigarrillo, lo encendió y se pasó la mano por la cara. Su barba iba creciendo paulatinamente, y pensó que su aspecto se iba acercando más a dios. Se sentó en una butaca árabe, cuyas patas de acero inoxidable, tan delgadas  que parecían se iban a romper con su peso, resbalaron un poco en el suelo limpio.  Y reflexionó: estaba claro que la civilización occidental, aún con sus cosas buenas, estaba en franca regresión, y parecía que había llegado a su máximo exponente, pues ya todo lo que se hacía clamaba al cielo a cualquier mente  reconocida de sentido común, y por ello no había más remedio que ayudarlos a rectificar y a conducirlos por la senda del bien, aunque para ello habrían de tener un tiempo de  sufrimiento, pero así lo manda Dios todopoderoso y misericordioso.  Y aún así, no pudo dejar de pensar en las palabras de Platón,  que recitó un profesor de la Universidad Complutense donde había hecho la carrera de Filología Hispánica: «Adapta el pasado  a tus propósitos, y pon en boca de famosos ideas tuyas, aunque éstas sean mentira, y no te preocupes de los detalles históricos». Y tanto le llamó la atención que el propio Platón hiciera de la historia sus mentiras, como alterar fechas, hacer ficciones, recrear la historia, que no dudó en ver que había llegado el tiempo, su tiempo. Y eso estaba haciendo Occidente; habían contado tanta mentira, que de  ello se tenían que aprovechar.

Siguió mirando por la ventana y vio un coche policial del CNP, que pasaba lentamente por la plaza de Gala Placidia con los limpiaparabrisas funcionando. Nadie parecía saber que allí, a unos metros más arriba, se estaba gestando un atentado con muertes en cantidad imposible de predecir. A Javier le dio un poco lástima estos muchachos, jovenes occidentales, que estaban trabajando para un dios equivocado, pero así era la vida, el propósito de unos y de otros está bien diferenciado y lo único que los separaba a ellos y a la sociedad occidental era que ellos si sabían cuál era el propósito de la vida pero occidente no; nunca lo supo.  Y de pronto tuvo claro que debía aconsejar bien a su pupilo para que llevara a cabo la obra de dios.

El teléfono sonó y se asustó. Lo cogió, y enseguida le dijo al interlocutor: no me llames a este teléfono, puede estar intervenido y entonces pondremos a la Policía detrás de nosotros. Yo sabré cuándo ir a darte curación y ayuda. Al-lahu-akbar.

En una de las casas bajas que todavía existen en Villaverde Alto, y no muy lejos de la Comisaría del CNP,  tres hombres vestidos a la vieja usanza con el suriyah blanco, y la kufiyya, prenda de cabeza, orgullo de estos seguidores de Mahoma, ultimaban los preparativos con los cinturones de explosivos y todas las maniobras que se necesitaban para que éstos no fallaran. Estaban a la espera de que Javier llegara y tuviera una charla con el mártir por Alá, que aunque se sentía preparado era preceptivo hacer que un entendido en el Corán le diera las consignas precisas para que no fuera descubierto, y para que llevara a cabo su misión sin miedo y sin dudas.

El servicio de Información de la Policía, solía hacer sus revisiones rutinarias los viernes, que es fecha de oración en la mezquita de Villaverde Alto, y aunque ya  conocían a los policías que la hacían, y sabían que no eran ningún peligro para su misión, pues todo era pura rutina, aún así tomaban las precisas precauciones con los vecinos y familiares para que nunca supieran  nada de lo que se estaba  proponiendo. Allí en esa parte de Madrid, la gente seguía con sus rutinas y  como era invierno lo que más se veían era autobuses cargados con gente de la tercera edad viajando a todo el mundo sin llegar a ninguna parte, pues no se daban cuenta que viajar, lo hacen casi siempre atrapados en una red de apariencias, y en la red de nuestros sentidos.

Pero la rutina, es una característica propia del ser humano, sea musulmán o sea católico, y ésta hace que a veces cometamos errores insalvables, por ello, en una de las ocasiones en que se hacía  la toma de matrículas de las que están cerca de la mezquita para pasarlas y chequearlas, uno de los policías se dio cuenta que allí había una furgoneta verde, vieja y sucia que había visto, en otras ocasiones aparcada frente a un portal en la plaza de  Gala Placidia, y tomó nota, la paso a H-50 y le dieron la dirección y el nombre del propietario. Amed Ali Ben Hayac, un sirio que había llegado a España en unión de otros muchos refugiados y que había conseguido un piso y una paga del Ayuntamiento de Madrid, pero cuyo domicilio no estaba en Gala Placidia sino en Leganés, otra ciudad del sur de Madrid, donde se alojan multitud de refugiados.

Al policía, de la Brigada Provincial de Información de Madrid, que estaba haciendo el chequeo, le pareció raro y se dispuso a seguir a esta furgoneta, y esperó,  pero cuando ya salían todos los rezantes de la mezquita y dos horas después nadie salía a recogerla, se acercó a ella a echar un vistazo y vio que estaba vacía; nada hacía pensar en nada malo, así que se alejó, para seguir con su rutina y alejar las dudas, pero se percató de que había visto un Corán viejo y gastado de entre cuyas páginas sobresalía la punta, casi inapreciable, de un cordón amarillo que había visto en algún otro atentado de estas característica suicidas.

Se lo comentó al compañero que no le dio importancia, y que siguió enfrascado en su móvil esperando a que acabasen de salir los rezantes de Mahoma y volver a la Comisaría a seguir con el papeleo de siempre, pero este Policía, joven, con la cabeza en su sitio le dijo que iba a hacer algunas averiguaciones, aunque fuera por entretenerse, y se dirigió hacia la plaza donde había visto la furgoneta aparcada.

Una vez, sólo una vez había ido Amed a la casa de Javier, hacia ya dos o tres meses, pero, la vida no tiene casualidades y este policía joven pero avezado, tenía el don de acordarse de todos los coches que veía, bien por una u otra característica. Estas facultades se desarrollan en la labor policial casi sin darse uno cuenta. Otros desarrollan la facultad de no olvidar nunca una cara, o un nombre.   Así que oteó casa por casa, buzón por buzón, cerca de donde se aparcó la furgoneta, pero había muchos buzones sin nombre, así que tuvo que recurrir a los presidentes e incluso a los administradores, hasta que dio con un nombre: Javier Esparza Alabi. Debía ser obligatorio que cada persona tuviera su nombre puesto en cada buzón, pues con esta tontería se podría saber muchas más cosas de las que se saben y poder hacer una labor de protección y prevención más exhaustiva, pensó el policía.

Esa  tarde no hubo ninguna novedad, pero siguió oteando por Villaverde Alto. Pasaron un par de días y en esa ciudad dentro de la ciudad, un barrio obrero, pero tranquilo, no sacaba nada, y se dijo así mismo que no tenía nada, que aquello había sido una tontuna, y la casualidad de encontrar una furgoneta en dos sitios tan raros como una mezquita y un piso en medio de la ciudad donde vive un árabe, no tenía sentido, y además qué hacía lloviendo y con el frio que caía danzando por las calles como un zombie,  pero algo le decía que tenía que seguir, siempre había que hacerle caso a la intuición, se lo había repetido su padre mil veces, y así lo hizo. Días después con la fotografía de Javier en el bolsillo, sacada de los archivos de extranjeros,  esperó por allí a ver si por casualidad, y antes de levantar la liebre e ir a su domicilio a hablar con él, lo localizaban y lo seguiría a ver qué pasabal, si es que pasaba algo.

Eran ya las doce la noche del tercer día que llevaba con sus investigaciones,  cuando pensó en irse a casa, porque aquello no tenía visos de nada, y cuando salió del bar donde tomaba un café, vio al otro lado de la calle a un barbudo que  iba muy deprisa y se metía en la casa de Javier, pero no solamente vio aquello, si no que a unos pocos metros otro árabe, este ya más occidentalizado, parecía estar haciendo guardia, en la esquina de la calle, y además con el frio que hacía y la lluvia que caía no  llevaba protección de ninguna clase, igual que el barbudo, con lo que concluyó que habían salido rápidamente de algún sitio cercano, que no podía ser otro que la mezquita.

Se escondió detrás de un vehículo para que no lo vieran, porque seguro  que lo reconocerían, y entonces no podría saber qué estaba pasando, y a los pocos minutos aparcó en doble fila la furgoneta vieja y sucia que antes vio en la puerta de la mezquita y en ella se subió el supuesto guardián, y al poco se abrió la puerta del portal donde vivía Javier Esparza y junto al barbudo salieron y se metieron rápidamente  en el vehículo. No había nadie en la calle, las nubes amenazaban con  mayor tormenta y un airecillo frío comenzaba a levantarse. Maldijo mil veces no haber traído un coche, porque ahora no podría seguir a estos individuos que estaba seguro, ahora sí, de que algo estaban perpetrando.

Corrió detrás de la furgoneta para ver qué dirección tomaba, pero al cruzar una de las calles un coche a alta velocidad se lo llevó por delante dejándolo tirado, muerto, en mitad de la calle. No le dio tiempo a bien morir, pues la Parca se lo llevó y apenas se enteró de nada.  No fue la casualidad la que lo mató, fueron los servicios de contra vigilancia de esta gente que saben qué tienen que hacer y cómo deben hacerlo. Esta vez pudo más la juventud que la intuición y se lo llevó por delante.

El compañero del policía muerto, el Inspector Bruma, acudió al sitio el primero, cuando oyó por el equipo de transmisiones que había un hombre muerto cerca de Gala Placidia, y sintió que su corazón se alteraba y la certeza del dolor se hizo eco en su alma y corrió en busca de su compañero que encontró en medio de la calle y sin que nadie hiciera nada por él. Nadie se acercaba, aunque sí, alguien, había llamado por teléfono al ciento doce, pero nadie había ido a ayudarlo. ¡Maldita sociedad de mierda!  ¡¡¡Es todo una mentira joder!!!

Con el cuerpo en sus brazos intentando reanimarlo y haciendo caso omiso al relato de la científica que siempre decía que estropeaban la escena y así no había manera de encontrar pruebas y culpables, se acordó que su compañero siempre tenía la costumbre de grabar en voz lo que hacía cuando estaba solo, cómo iba la investigación, o cómo se desarrollaba la labor que hacía. Así que metió la mano en su bolsillo y sacó su teléfono, que si bien se había roto la carcasa de protección, estaba completamente operativo. Lo hizo sin que nadie se diera cuenta, porque sabía que los que lo habían matado, o algún compinche, estarían por allí  vigilando a ver qué pasaba.

Se alejó  cuando las ambulancias y sus compañeros llegaron, que fueron sólo unos minutos, y cuando estuvo a salvo de miradas indiscretas, puso en funcionamiento el teléfono y con el buzón de voz se enteró de cuáles eran todas sus pesquisas.

Una vez escuchado, se dio cuenta que no tenía nada, pero nada, sólo unas  cuantas aseveraciones de su compañero, pero nada, así que el Inspector Bruma decidió irse por la tangente y dirigirse al piso de Javier Esparza cuya dirección se la aportaba la voz de su compañero muerto. No tenía orden judicial y no la iba a pedir porque sabía que no se la iban a dar, pues tal y como estaba la justicia ni caso le iban a hacer.

Llegó al portal y abrió, y aunque eran las doce de la noche, estos portales de gente humilde no se cierran bien, y subió por las escaleras. Ante la puerta del piso, busco en su cartera, en el bolsillito interior que tenía y sacó una ganzúa. No dio la luz y casi a tientas comenzó a hurgar en la cerradura, hasta que ésta dio un chasquido. Entro a hurtadillas y cerró la puerta rápidamente pues se escuchaba ruido en la puerta de enfrente y no quería que nadie le estropeara el plan. Con la linternilla que siempre llevaba en el llavero, enfocó por toda la estancia donde entró  y decidió bajar las persianas y encender la luz pues no veía un carajo y tenía que registrar todo bien a ver si encontraba algo sustancioso. Pero no encontró nada después de quince o veinte minutos. Se sentó en un butacón frente a la mesa del ordenador que había estado registrando, como siempre hacía cuando tenía que pensar, y dejó su mente en blanco, mirando fijamente hacía la pizarra de corcho que había en la pared.

Después de unos minutos, se levantó y se acercó más, y en un posit  verde que antes había leído por encima, vio que ponía una dirección: Cantera de Getafe.

Bueno, no tenía nada, pero por algo había que empezar, así que salió del piso a oscuras, tal y como había entrado,  y dejando todo como estaba  salió a la calle. No tenía coche y no podía ir a Comisaria a por uno porque le pedirían demasiadas explicaciones, así que optó por seguir incumpliendo la ley, y comenzó a maniobrar en los coches aparcados en la calle, hasta que vio uno con una ventanilla un  poco abierta. Cogió una ramilla de un árbol que había caída por el viento, la metió por la abertura, le dio al mecanismo de apertura, y el coche se abrió. Hacerle un  puente fue fácil y rápidamente se dirigió a la Cantera de Getafe. Ya la conocía porque al lado hay un camping y varios sitios donde se puede pegar tiros sin riesgo para nadie, con lo que llegó sin ningún problema.

Dejó el coche apartado y escondido, ya lo devolvería, y entró en la cantera. Aquello estaba muy oscuro y dada la tierra blanca y resbaladiza  se resbaló y cayó por un terraplén hasta un charco de agua que se había formado allí por las lluvias.  ¡¡Maldita sea!! Masculló entre dientes. Se miró y estaba perdido de barro blanco y agua, y con un frio del demonio. Se quedó parado, oteando, con los cinco sentidos alerta, y en el silencio de la noche, oyó un leve siseo y captó una conversación a lo lejos. Con el oído puesto en la dirección que el viento le decía donde tenía que ir, fue acercándose paulatinamente, y oyendo mejor los  murmullos de varios individuos.

Arrastrándose llegó a una loma, y vio una especie de cueva horadada en la tierra blanca de la cantera o arenera, y tuvo la certeza de que allí estaban los individuos que había matado a su compañero, por lo que aguzó la vista y creyó ver unos coches aparcados, en el pequeño valle que hacían las ondulaciones del propio terreno. Si dirigió a los coches y cuando llegó a ellos comprobó que era un viejo cuatro latas verde y un mercedes de más de veinte años con un golpe fuerte en la parte delantera, y ya no le cupieron más dudas, de manera que se acercó con cuidado al sitio donde estaban los individuos que hablaban siseando, no sin antes apuñalar las ruedas de los dos vehículos para que nadie pudiera huir, y vio perfectamente como a la luz de una vela, le estaban poniendo un cinturón de explosivos a un chaval de no más de diecisiete años que temblaba como un perrillo asustado, mientras Esparza, le conminaba, le hablaba diciéndole las maravillas que encontraría en la otra vida: «serás un héroe, un mártir por nuestro dios y él te recompensará con cantaros de miel y huríes bellas como la luna. En tu eterno pasear por las alturas de Alá, estarás contemplado como un verdadero dios por todos los que lo rodean y ya no morirás nunca más. Allí te encontrarás con tus padres, tus hermanos, tus mejores amigos y nunca, nunca te separas de ellos, disfrutando de frutas, sexo sin fin, y  cuantas cosas ansíes en esta tierra…»

Al Inspector Bruma se le encendieron todas las alarmas y su mente se puso a pensar desesperadamente la manera de abortar este asunto, porque seguro que sería una masacre. No sabía dónde iba a ser la explosión, pero seguro que sería muy de mañana y por tanto, en el tren o algún lugar de mucha afluencia de gente a unas horas tempranas.

Se le acumulaban las ideas, pero si llamaba a refuerzos, tardarían una eternidad, y aún cuando los detuvieran, saldrían a la calle en menos que él tardaba en hacer las diligencias. Tampoco podía enfrentarse el sólo a tres individuos dispuestos a dar la vida por defender sus ideas. Miró al cielo y rogó una alternativa, una idea, algo que le sirviera, y casi sin darse cuenta había extraído la pistola de la cartuchera y la levantaba apuntando al chaleco de explosivos que ya estaba plenamente instalado en el muchacho. Se encogió de hombros y se dijo: lo que tenga que ser será, y apretó el gatillo.

Una explosión de grandes dimensiones iluminó el cielo y trozos de seres humanos saltaron por todos los alrededores, dejando al Inspector Bruma colapsado ante tamaño destrozo, pero no se quedó ahí. Corrió y corrió, hacia el camping, sabiendo que aquello se llenaría de gente en un santiamén,  y escondido en las vallas del mismo camping se fue alejando hasta que sobre las seis de la mañana llegó a su casa, se metió en la bañera y rogó a dios pidiéndole perdón por aquella barbaridad que había hecho, pero que seguramente había salvado un montón de vidas inocentes, aunque ese pensamiento no le privó del sentimiento de culpabilidad que le acompañaría durante mucho tiempo.

Cogió el teléfono y llamó a uno de sus amigos más colaborador con su oficio:

«Oye Rata te voy a dar una dirección de un piso para que le digas a tu hermana que venga a ocuparlo. Me acuerdo  que me dijiste que estaba bastante mal de dinero y que la iban a echar del piso donde vive de alquiler, pues que venga a este y sea lo más discreta posible. Si lo hace así, nadie se meterá con ella. Es un sitio céntrico, sencillo y la poli no sospechará nada, porque es de un tío que seguro no va a volver nunca» Dale una patada a la puerta y entra.

Así evitaba sospechas de Javier Esparza, porque seguro que era irreconocible y nadie sospecharía de alguien que no tenía relación con nadie del entorno.

Las noticias dieron el suceso como una imprudencia de unos niñatos que jugaban con cohetes y ahí quedó todo.  La mentira de Occidente seguía su curso.

 

Ray Niebla

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