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Cuento “Por entregas” Ray Niebla. Segunda entrega de: Nassccio de Zorrillán y la Esfera Blanca.

Cuento  “Por entregas”

Ray Niebla.

Segunda entrega de:

Nassccio de  Zorrillán y la Esfera Blanca.

 

-Si, pero eso no es tan fácil, pues yo cuando tengo algo en la cabeza me cuesta dormirme- Nassccio afirmaba lo que muchos mayores  sufrían. La extenuante realidad de no saber dejar los problemas  fuera de la cama. No saber que  el universo te proporciona los mejores datos cuando crees en él, pero ese era un tema peligaudo que no debía entrar en él, al menos de momento.

-Si me dices dónde estan esas señales, te prometo que le diré a mi padre que  seas mi maestro y que te proporcione la mejor estancia del castillo-

Andrógenes  se echó a reir, con una carcajada sonora, viendo la inteligencia de este crio que con sólo once o doce años  comenzaba a negociar como un mayor, pero también supo que este tipo de negociación, rayano en el chantaje, era muy común entre mayores y eso no podía pasarle a este chico que  podría ser un acicate en la vida de muchos de sus congéneres y un buen amigo de la sabiduría.

-De acuerdo aunque sólo te diré alguna cosa y tú tendrás que adivinar y descubrir lo demás-. ¿De acuerdo?-

-Nasccio se quedó pensativo, como valorando la propuesta, y pensando que, aunque era poco,  menos tenía ahora mismo, de manera que asintió con la cabeza y esperó la respuesta del filósofo.

Cuando Andrógenes iba a comenzar a decirle algo, un  secreto o a saber qué, llegó hasta ellos un hombretón de casi dos metros del altura, vestido con buenas ropas de fiesta, con barba luenga y negra y portando un espadón que  a primera vista, pudiera parecer que nadie, sólo él, podría menjarla y levantarla.

-Ya le estás metiendo cosas raras en la cabeza a Nassccio- sonó  la recia voz en el oído del muchacho como un trueno, aunque su timbre no era en absoluto de reproche, sino de curiosidad y admiración por ese hombre insignificante que hablaba.

Era el Barón de Zorrillan que viendo desde lejos a su hijo tan entretenido con  el lacayo, le entró curiosidad y fue a departir un momento con ellos.

-Nada, señor Barón, sólo alguna anécdota, algún cuentecilo y alguna moralina de aquí y de allá, pero nada importante. Además yo ya me iba que tengo algunas cosas importantes que hacer con la familia y alguno de mis  amigos me necesita.

Bueno, Andrógenes no te has casado, no tienes hijos, y tu familia se reduce a algún primo por lo tanto, poco tendrás que hacer, así que ahora mismo me vas a contar algún cuentecillo, chascarrillo o lo que sea que estabas contándole  a mi hijo- Y sin decir más se sentó a lado de Nassccio, agarrándole por el hombro y sintiendo la pesadez del brazo de su padre en ese abrazo de oso, que le dio más vergüenza que otra cosa, dispuesto a escuchar lo que tenía que decir Andrógenes.

Desde el otro lado del castillo la madre de Nassccio  apuraba un vaso de agua limpia que había cogido de la tinaja y observaba a su marido y a su hijo hablar entretenidos con Andrógenes y desde luego pensó, qué era lo que tenían que hablar con aquel hombre pobre y viejo, dos nobles como ellos, pero enseguida se desentendió pues tuvo que atender a las preguntas e inquisiciones sobre las vituallas que le requerían las criadas del castillo.

Pues verá señor Barón-prosiguió el anciano, haciendo honor al respeto de la orden que le estaban dando- En el condado de Bargas en Toledo, sucedió un hecho claramente singular, y es que al Conde Bargas le regalaron tres aguilas reales, como  ofrenda por su onomástica, y claro el Conde no sabía cómo entrenarlas, por lo que encargó a tres cetreros de reconocido nombre que se encargaran de ello. Y así lo hicieron. El Conde, dos meses más tarde,  fue a ver cómo iban sus aves y se quedó encantado de cómo dos de ellas habían aprendido casi todo lo que tenían que aprender para la caza con ellas, pero la tercera, sólo estaba encaramada en una rama de un árbol y no hacía nada, sólo piar desconsoladamente, por lo que el conde muy enfadado y viendo que el cetrero no le daba explicaciones, dio un bando diciendo que  al que sacara de ese ave lo mejor que había de ella y al menos volara, le daría un premio extraordinario. Se marchó el Conde y pasado un mes se presentó en la Corte un individuo, bajito, flaco,  desharrapado, con barbas de chivo y unos ojillos picarones que le dieron al Conde mala espina, así que le preguntó: ¿tú eres el que trae a mi águila, volando y siguiéndote  tal y como dije?- Así es señor Conde- contestó el hombrecillo- y citó al aguila a su mano,  ya sin caperuza, y  entonces cuando el conde comprobó que el aguila, majestuosa alzaba el vuelo y se comportaba como él quería le pregunto: -¿cómo lo has hecho? ¿Qué milagro has obrado para que este ave se haya recuperado de tamaña forma?-  a lo que el hombrecillo contestó -nada señor, yo sólo corté la rama donde estaba y el águila se dio cuenta de que tenía alas para volar-

-Y eso es todo?- preguntó el barón desilusionado con la historia, pero el viejo, el anciano, miró a Nassccio y vio la sonrisa que se dibujaba en su cara, haciéndole entender que efectivamente había entendido lo que quería decir.

El barón se levantó, cogió a su hijo de la mano y sin mediar palabra se marchó con él hacia sus aposentos dejando al viejo con una malévola sonrisa que compaginaba perfectamente con la que Nassccio llevaba, agarrado a la mano de su padre.

Y el tiempo comenzó a hacer de las suyas; una llovizna pertinaz comenzó a caer y las fiestas tuvieron que seguir dentro de las habitaciones del castillo para  más enfado de la mujer del Barón que veía como todo se ponía perdido de agua y de barro, pero que nada podía hacer, pues las fiestas de Nuestra Señora eran muy importantes y había que festejar.

Aquella noche de lluvia y viento, de algún trueno suelto y su correspondiente relámpago, Nassccio  durmió como un bendito. Hizo lo que le había dicho Andrógenes, y dejó a la almohada todo su problema o todas sus reflexiones, pero al despertar, tuvo la sensación de que había algo  que en un sueño o en un pensamiento se le había manifestado. Se tumbó de nuevo en la cama  y el dosel se estremeció al dejarse caer. Las cortinas se movieron y  una suave brisa entró por la venta abierta. Pensó: ha entrado el ama porque la ventana anoche estaba cerrada. Y de esta guisa, comenzó a cavilar qué era aquello que no acababa de entender.

Después de un rato muy largo, o al menos eso le pareció, dio con la solución: una esfera blanca. Eso es una esfera blanca había aparecido en su sueño o en su realidad dormida y lo había conducido por unos derroteros  auténticamente especiales, pero lo más sabroso de todo esto es que al recordar esa esfera su mente y su cuerpo renacían y  se relajaban. Su mente y su cuerpo se hacían uno solo y con ello encontraba la tranquilidad  para pensar y entender algunas cosas que en la vida no acaba de comprender, como todo eso de los secretos de los canteros o los signos que dejaban. No entendía porqué hacían esas cosas los maestros y no entendía por qué aquellos mensajes para la posteridad, sabiendo que la posteridad tenía sus propias reglas y aquello que dejaran seguramente no valdría para nada a las nuevas generaciones que tendrían sus propias ideas y sacarían sus propias conclusiones.

Se extrañó de aquellos pensamientos, de cómo, sin saber,  aparecían en su mente razonamientos exquisitos plagados de  razón y reflexión, y esbozó una sonrisa de satisfacción. Aquello podría ser interesante. Ahora lo inmediato era ir a ver por el castillo qué encontraba y qué señales dejaron todos aquellos que le precedieron.

En su paseo se encontró con Numeria, la hija de otro barón cercano que casi siempre estaba alli con su hermana pequeña. Era un par de años más joven que él, pero le parecía hermosa, le parecía  un juguete con su carita rosa y esos vestidos largos hasta los pies que se pisaba de vez en cuando y daba algún que otro tropezón Su cara se alegraba cuando la veía y su azoramiento era más allá de lo normal. No sabía porqué le pasaba aquello pero su sensibilidad le decía que a lo mejor comenzaba a gustarle. Le dijo hola tímidamente y siguió con sus pesquisas deambulando por entre la columnatas y  voladizos del castillo.

Se paró ante una de las columnas que daba acceso al hogar paterno, a la sala central de reuniones de nobles; la puerta principal, y se fijo en algo que nunca había visto. Era la cabeza de un dragón escondida entre una vasta vegetación que apenas hacía que se pudiera vislumbrar, y le llenó de gozo aquel descubrimiento. Tendría que decírselo a Boldo. Aquello debía ser importante para estar tan escondido, y en su cabeza comenzaron a elucubrarse fantasías y  tesoros escondidos. Pensó que si los dragones era el símbolo de los tesoros escondidos, de  que el dragon es el dueño del rayo, la tormenta y la tempestad, es quien trae el agua a la tierra y permite la fertilidad de los campos, según  les había contado un maestro chino que les daba clases de mitología en la escuela del castillo, donde estudiaban los nobles, seguramente este de la columna debía estar diciendo algo que tenía que descubrir, y por ello siguió deambulando por las zonas más recónditas del palacio.

No encontró nada más y aburrido se marchó hacia sus aposentos. Pero allí también se aburría y entonces pensó en la esfera blanca, cuando su imagen estaba nítida y era rodeado por ella, su cabeza funcionaba mejor y una paz lo invadía y en  ésta ocasión pareció indicarle que lo mejor que podría hacer en ese momento era montar a caballo. Darse una vuelta por los campos propiedad de su padre y entablar conversación con las gentes que encontrara, porque a él, siempre le había parecido enormemente importante hablar con las gentes, entender qué cuitas les sucedían, que flores les daba la vida o qué sueños tenían.

Su padre se lo había reprochado más de una vez, le decía: Nassccio no seas tan locuaz con la gente que no conoces y con la gente que te para para decirte alguna tontería, seguramente te tratarán de embaucar y sacarte lo que no tienes, o incluso lo que es peor que te hablen mal de todos los tuyos y te indispongan contra mi, pero Nassccio no entendía muy bien lo que quería decir su padre, pues pensaba,  ¿qué de malo podría haber en hablar con la gente, aunque no fueran de su misma alcurnia?

En las cuadras encontró a Antonino, el guarda de las caballerizas. Un  hombre huraño, estricto y pagano como él solo, pero que hacía con los caballos auténticos milagros. Les hablaba al oído, les contaba historias, los lavaba, los cepillaba sin tener ninguna idea del tiempo que pasaba con ellos. No le importaba comer en las cuadras, no le importaba pasarse las noches enteras al lado de un animal que estuviera enfermo, y cuidarlo mejor que a una persona, y siempre que podía rumiaba entre dientes: cuánto tendríais que aprender de ellos, ratas. A Nassccio le fascinaba aquel hombre, les hablaba mal a todos y sin embargo con los caballos, y con otros animales se entretenía  y les lanzaba animosos requiebros.

-Antonino quiero que me ensilles a Labranza, la yegua mozárabe- le dijo Nassccio cuando llegó a su altura.

El hombrecillo lo miró con cara de estupefacción y le espetó: -pues va a ser que no señor-

Nassccio esperaba una respuesta seca, pero desde luego no tanto y tan clara, así que le preguntó el por qué de aquella negativa y que cuando se enterara su padre seguramente le diría o le echaría un buen rapapolvo.

– Esa yegua está cansada de otro paseo que acaba de dar con la señorita Tormenta-. Tormenta era su hermana que en realidad se llamaba Teresa, pero como tenía un genio endiablado todo el mundo la llamaba así y a ella le gustaba, con lo que casi nadie la conocía por Teresa.

– Vaya así que a mi hermanita también le gusta pasear con Labranza, pues cuando venga de nuevo le dices que esa yegua es mía y nadie más la puede montar y menos una señorita  tan calavera como ella, que seguro le ha dado una paliza a la pobre yegua que la ha dejado para el arrastre-

-Así ha sido señor, la pobre está sudada y con baba blanca, por lo que yo no quiero ser responsable de lo que le pueda pasar y por ello no autorizo su cabalgadura-

-Voy a verla- dijo Nassccio decidido.

 

 

…Continuará

 

Ray Niebla.

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