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El Inspector (Relato corto) por Ray Niebla

El Inspector (Relato corto) por Ray Niebla

 

El Inspector  de  policía Diego D. Bruma, salió del piso donde se había cometido el crimen.

Pensativo y cabizbajo se concentraba en entender qué era lo que podría haber pasado en esa habitación del inmueble de lujo que se ubicaba en una de las mejores zonas de la capital de España. Su carácter serio  y castellano, lo caracterizaba

El escenario era simple: un hombre de unos cuarenta años, en pijama y con las sábanas a media altura se encontraba tumbado, en decúbito supino, en una cama de verdadero lujo. Una cama con dosel del que colgaban unas cortinas que se habían llenado de sangre al tocar con la sábana bajera que estaba impregnada de este líquido viscoso que nos llena a todos.

Tenía una navaja gitana de grandes dimensiones clavada en el centro del pecho, pero con tanta fuerza que lo había atravesado y se había clavado en el propio colchón de viscoelástica en el que yacía el  hombre. Su rictus estaba claramente adornado por la estupefacción de su propia muerte. Creía el Inspector que  la muerte no se la esperaba de esa manera y por tanto el, o la, que lo  hizo tenía que ser conocido de la víctima. Las cachas de la navaja sobresalían un palmo por encima del pecho de la víctima y  por debajo se clavaba en el colchón; seguramente el asesino no la pudo sacar, precisamente por la fuerza con la que había asestado el golpe, en la que los tejidos se cierran como si hubiera en ellos una mordaza.

Se percató que al entrar le vino a las pituitarias un olor característico  de perfume de mujer. Era un olor que había olido infinidad de veces, pero no acababa de ponerle nombre. Se concentró en el olor y de pronto le vino a la cabeza: ¡pachuli! Se alegró de ver que su memoria orgánica todavía le funcionaba, y lo anotó en su libretita con una admiración y una interrogación. El pachuli era un aroma característico de una buena cantidad de perfumes, así que era una buena opción de investigación.

Porque no tenía nada más que eso. No había huellas en la navaja, no había pisadas, no había rastros de semen, ni en las sábanas ni en otro sitio: toallas, ducha etc. tampoco de sangre de otra persona, de fluidos como el sudor, lágrimas etc. no tenía nada, sólo el olor  del perfume. El escenario del crimen era perfecto, y el asesino o asesina lo había hecho bien.

u mente daba vueltas y más vueltas, no descansaba, y desechó los métodos de investigación  que le habían enseñado en la Escuela de Policía, tanto el deductivo como el inductivo porque no había de donde deducir nada y de donde inducir quien había hecho aquello, así que se decidió por seguir el mejor método, aquel  que Bertillón siempre predicaba. Bertillón era un policía francés hijo y sobrino de médicos insignes que aplicó nuevas técnicas de investigación y decía siempre que “sólo se ve lo que se mira y sólo se mira lo que se tiene en la mente” Así que se centro en este método, teniendo a la observación como el mejor arma, sin tener en su mente nada más que la blancura de su propia estupefacción, para después hacer un diagnostico probable en el que todos los hechos recogidos en la misma deban ser incluidos en una elaboración intelectual que los explique lógica y ordenadamente como partes integrantes de un todo armónico. Y así hacer un diagnóstico.

No tenía nada, y estaba ansioso por saber qué había pasado. Era un anatema para él, no enterarse qué sucedía cuando ocurrían estas cosas, y muchas de las veces, pensó que sólo era un cotilla. Así que, como sabía que el diagnóstico puede surgir de varias maneras y en algunos casos de forma repentina al adivinarse intuitivamente la posible solución, tambien era consciente, que la mayor de las veces era el esfuerzo laborioso con el que se llega a inducir una fórmula reconstructiva de la verdad buscada.

Se decidió por pensar en quién había dejado colar un olor tan característico en la escena del crimen, y habló con todos los que llegaron primero, policía de los zetas, bomberos, portero etc. y nadie usaba ese perfume para nada. Todos decían lo mismo que no habían olido nada, que sólo había visto al muerto en la posición  que ya sabía y no habían tocado nada.

Se encontraba en un callejón que no le daba opciones, e hizo que los compañeros de su grupo le hicieran las investigaciones rutinarias, como la de saber dónde se había comprado la navaja, quienes eran las amistades del muerto, dónde trabajaba, cuál era el concepto que se tenía de él, en el trabajo, en el barrio e incluso que hábitos tenía, si bebía o se reunía en el piso con alguien sospechoso, si se podría dedicar a la droga o podría haber sido un ajuste cuentas, argumento muy sobrevenido cuando no se tienen otros para una  explicación.

Nada de lo que le contaron sus compañeros le hizo tener una noción clara de lo que pudiera haber pasado. El muerto, era un abogado de cierto renombre, buen conversador, soltero y que frecuentaba  zonas donde se hacía buen café, buena comida y buenas amistades, sobre todo de mujeres de gran clase y con un palmito de veras relevante. Bebía lo normal, y no se le conocía adicción a nada que no fueran eso: las mujeres; aunque tampoco podríamos lamarle adicción, era simplemente placer.

Aquello le llamó la atención. Le gustaban mucho las mujeres, había un olor a pachuli en el escenario del crimen, y es archisabido que en una época larga, todas las mujeres que se preciaran de serlo, utilizaban el pachuli en su extensa composición como perfumes orientales pues  les daba un aura de  feminidad y órdago a la grande para ligar.

Se puso en contacto con todas las casas donde se vendía este perfume e hizo un seguimiento de un buen  montón de mujeres que lo utilizaban todavía, o al menos lo hubieran utilizado, y no sacó nada en claro, puesto que la mayoría eran mujeres ya de cierta edad y no encajaban con el patrón que le habían dado de los gustos del muerto respecto de las féminas.

El o la asesino, debía ser una persona muy fuerte para conseguir que la navaja atravesara todo el torso y se clavara en el colchón, por tanto una mujer, digamos, de complexión media, era imposible que lo hubiera hecho, y un hombre no usaría jamás el pachuli ni aunque le fuera la vida en ello, por tanto debía de ser un hombre con alguna característica especial o al menos que no fuera solo y el crimen lo cometieran entre dos, pero eso era improbable porque cuando hay más de dos personas en la escena, esta se contamina y es mucho más fácil rescatar pruebas que incriminen a alguien. No, aquí había algo que no encajaba en el relato razonable de los hechos.

Se acercó otra vez a la escena del delito, cuando ya el juzgado y el forense habían levantado el cadáver,  y se sentó en el sillón que había frente a la cama y allí, ensimismado, contempló  el dosel, las sábanas de algodón, arrugadas; las zapatillas de  un azul de terciopelo, bien colocadas a lado de la mesita de noche y la ropa del muerto descolocada encima de una silla, como si la noche anterior hubiera venido cansado y la hubiera tirado allí, encima de la silla de manera precipitada y desordenada.

Se dio cuenta que las zapatillas no casaban con la impronta de vestir de este hombre, pero coincidían con el número de zapatos que gastaba. Era un antagonismo total entre los pijamas o la bata que había colgada en el armario con las zapatillas, y otra vez la intuición le dijo que allí había algo que no cuadraba, pero era sólo eso una intuición. No había pruebas de nada. Vio el cajón de la mesilla un poco abierto y supuso que habían sido los compañeros, que siempre meten la pata un poco, los que lo habían dejado así, pero aún  se levantó desganado y se acercó. Lo abrió y en él había un montón de cachivaches, de todo tipo, como todo el mundo tiene en su mesita, incluso una crema vaginal lubricante, pero también había otra crema que le llamó la atención. Multilind, en formato de expedición por presión sin necesidad de abrir el bote. Comprobó por google que se utilizaba para la psoriasis o para problemas de piel, y no creyó ver nada de aquello en el cadáver. Tendría que estar presente en la autopsia forense para reclamar una versión del propio forense a este respecto.

El Anatómico forense de Madrid, siempre olía raro; era un olor que se te metía en el cerebro y no te dejaba vivir. Siempre se había preguntado cómo podían trabajar allí las personas que lo hacían. Le llamaba la atención como los auxiliares que asistían a los médicos que hacían las autopsias, se comían los bocadillos o salían a fumar con la mayor naturalidad del mundo. Escuchó el sonido de las tijera de podar, al menos eso parecían, cuando abrieron el tórax, o la radial pequeña y de acero inoxidable que abría su cráneo de manera fácil, Sacaron el cerebro y lo pusieron encima de la mesa y allí lo partieron con un chuchillo jamonero en varias lonchas, pudiendo observarlo con toda claridad. Y en un momento de aquellas operaciones, el Inspector le preguntó al forense si había observado que tuviera alguna lesión en la piel como para utilizar cremas del  tipo Multilind, pero el forense le dijo que no, que tenía una piel limpia y sana, con lo que aquella intuición se quedó en nada.

Salió del anatómico con la sensación de frustración por entender que este caso se le escapaba de las manos, y se limpió el Vick Vaporub que siempre se ponía en las aletas de la nariz para no oler aquel ambiente que se respiraba, de muerte en el anatómico, y anduvo perdido, pensante, encharcado en sus pensamientos un  montón de tiempo, hasta tal punto que no supo dónde estaba, hasta que se concentró y vio que lo hacía ante una peluquería de señoras.

Pero fue el olor a pachuli  lo que lo enervó y lo puso en guardia. De allí salía ese olor característico que le había comido el coco toda la jornada desde que vio al muerto.

Entró en la peluquería y preguntó por la jefa, y enseguida lo recibió una preciosa mujer de unos cuarenta años con unos pechos pequeñísimos, pero punzantes y una cara que le recordaba a una cantante con pecas de los años setenta que no se acordaba cómo se llamaba. Se identificó e inmediatamente preguntó por el pachuli y la mujer le dedicó una sonrisa de oreja a oreja. No, le dijo, no es para mí, es sólo objeto de una investigación. Se identificó con su placa. Una investigación laboriosa que no me está conduciendo a ningún sitio, pero que me intriga un olor que sentí en la escena del crimen y al pasar por aquí lo he vuelto a oler y he entrado sólo a preguntarle quién usa estos perfumes.

La mujer se le quedó mirando, con sorna y le dijo, pero usted no sabe que el pachuli ya no se usa como perfume, pero sí se usa en dermatología como una hierba de grandes propiedades para las lesiones de la piel  y que lo llevan un montón de recetas médicas. Aquí utilizamos el Pogostemon, un aceite muy bueno  para el pelo que lo deja suave y evita mucha caída, pero vamos hay muchas más en las  que se utiliza esta madera de pachuli.

Le dio las gracias a la mujer y se fue meditando qué relación  había entre la muerte del abogado y la esencia del pachuli, así que se dispuso a buscar relaciones de hombres o mujeres que estuvieran en la órbita del muerto y que lo utilizaran para una u otra cosa,  y aunque las primeras pesquisas no había dado resultado tendría que hacer una nueva composición del caso y así saber más  y hacer un diagnostico adecuado.

La hipótesis era la siguiente: El susodicho abogado, mantendría relaciones con algún hombre o alguna mujer fuerte y que además utilizaba el pachuli para alguna afección que tuviera en la piel o en el pelo. Aunque también cabía la posibilidad de que sólo fuera perfume. Algo raro a la sazón, por lo que le había contado aquella profesional de la peluquería que seguro estaba al día de todo esto, y que ya no se utilizaba como perfume.

Seguramente estas relaciones eran habituales, porque el hombre no se escondía en los círculos que frecuentaba, pero sí siempre eran discretas, y  a lo mejor estas eran llevadas con sigilo porque algo se escondía en ellas, de manera, que nadie, o casi nadie había visto nada ni habia presenciado situaciones extrañas. Por algún motivo la supuesta pareja del muerto  había decidido la situación y había acabado con la vida de este. Era así de fácil y así de difícil. Asi, pues para dar con el o la asesino había que hacer una labor de disección de las relaciones del abogado.

Las pesquisas lo llevaron a una farmacia donde este hombre compraba sus medicinas y se enteró que también compraba una crema de las que se utilizaban para las relaciones sexuales anales, algo que era normal hoy día, pero en este caso no se conocían inclinaciones de este tipo al muerto, por tanto, le llamó la atención que comprara cremas de este tipo. Se enteró de algo que no  había sabido nunca, que había cremas anales y cremas vaginales, pues los epitelios de una y otra parte del cuerpo son distintos y necesitan lubricantes distintos.

El mundo es extraño y se entera uno de cosas que jamás habría imaginado.  ¿Por qué compraba cremas anales si él no era, o no se le conocían relaciones homosexuales? ¿Cómo era posible aquello? Pero sabiendo que el ser humano es tan complejo en sus actuaciones y en sus pensamientos, por la cabeza del Inpector Bruma pasó  la idea de que podría ser homosexual  y tenerlo bien guardado, hasta tal punto de que era él el que compraba todos los efectos para sus relaciones y juegos sexuales. Así que  fue de nuevo al anatómico y exigió al forense de guardia que le diera un diagnostico de la petición que le estaba haciendo, y como el forense se negaba a hacer una nueva exploración a un cuerpo y que ya estaba en disposición de ser entregado a los familiares o enterrarlo, tuvo que recurrir a la amenaza, al ruego y a la sanción moral del médico que a regañadientes lo hizo.

Y efectivamente, se precisó que el abogado mantenía relaciones sexuales anales con habitualidad, lo que le hizo comprender que ya lo tenía, porque el círculo se  hacía muy pequeño al entender quién podría había mantenido relaciones sexuales anales con este hombre de manera habitual; quien podría tener la fuerza de un hombre, y  que el asesino tenía una lesión  en la piel o, se ponía crema para el cabello con el  pachuli como ingrediente, pero por la rutina médica no se había extraído el semen de esa noche del ano del abogado muerto. Lo que se hizo en ese momento.

Así pues, ahora tenía el ADN de un varón que era quien había estado esa noche con el muerto, y el que seguramente le había apuñalado hasta morir por los motivos que tendría que descubrir.

Sabía que nadie lo había visto relacionarse con hombres en  el aspecto sexual. Sabía que le gustaban las mujeres explosivas y con las que sí se les había visto en muchas ocasiones. Sabía que las relaciones con este tipo de mujeres le duraban muy poco, porque todas las personas que lo conocían lo veían cambiar muy a menudo de ellas, y sabía también que nunca hacía presentaciones de estas mujeres en su círculo de amistades, con lo que se había ganado el sobrenombre de “místico del amor”.

Así que, convencido de que su intuición no le fallaba y que era una muje la que tenía que buscar, se  dispuso a llegar cuanto antes a descubrir quién era el asesino del abogado, puso toda la maquinaria policial en marcha y se dedicaron a buscar, a una mujer que tuviera una altura considerable, fuerte y con decisión y que además tuviera una lesión en la piel o utilizara cremas con pachuli para ponérsela en el cabello. En su mente comenzó a surgir una idea. Estaba empezando a ver claro que debía ser una trans o algo así, ya que las personas trans, generalmente son mujeres explosivas, de cierta altura y con unas formas cuidadas por las hormonas y por el gimnasio. Muy femeninas, pero tan fuertes como un hombre, porque sus hormonas predominantes eran de hombre.

Aquello ya era un juego de niños. Había que buscar en los círculos homosexuales y sitios donde frecuentemente acudían éstos. Las zonas de ligue de estas personas y las relaciones que mantenían entre ellos, que casi siempre eran  de los mismo círculos, pues como toda sociedad organizada las élites o las castas se juntan entre ellas, y este hombre tenía un buen poder adquisitivo, una formación, cultura y preparación y no iba a ir a las tapias del Cementerio de las Corts Catalanas o a la calle Robador, o en Madrid se iba a ir a buscar a la calle Montera o la  Red de San Luis. No, se iría a la Costa Fleming, que aunque convertida en un sitio de lujo, luminoso y atractivo donde se dan cita lo mejor de lo mejor de la ciudad, y entre ellos, transexuales y travestidos de la mayor categoría, allí todavía vivían y trabajaban lo mejorcito de esta élite sexual,  de manera que las pesquisas dieron como resultado el encuentro de una colombiana llamada Crystal, que  reunía todas esas características. Era una chica trans, sin operar, que tenía una pequeña lesión de psoriasis en la espalda y que era frecuentada por el abogado varias veces al mes, y además salía con ella por todo Madrid y por lo tanto, era fácil que la hubiera llevado a su piso.

Cuando se la localizó en Colombia donde había huido, después de cometer el crimen, se la interrogó por las autoridades colombianas, se vino abajo y contó todo lo sucedido. Y lo mismo pasó con la prueba del ADN que correspondía, sin lugar a dudas, a ella.

Nada que no fuera conocido por todos los del ambiente, callados como mudos por cierto, y había sido el amor lo que le había llevado cometer el crimen. El abogado tenía unos gustos muy particulares, y a ella le enamoraron de tal manera que cuando se sintió utilizada, cosa muy común en estas relaciones, su ira fue tan fuerte que  utilizando la navaja que siempre llevaba en el bolso, y que le había regalado un gitano muy apuesto que  también practicaba con ella, se la clavó mientras dormía plácidamente en su cama con dosel.

Apenas se enteró de que se moría y tampoco supo del porqué, pero una vez más los sentimientos hicieron lo que siempre hacen, ponerte en el brete para que hagas o dejes de hacer algo, y eso fue lo que hizo acabar con la vida de un hombre, al que le gustaban las mujeres con pene.

La extradición no fue rápida pues todo lleva su tiempo, pero por esto de los  Convenios de Extradición entre paises, se trajo a España a Crystal y  pasó a disposición judicial donde fue juzgada y condenada a diez años de prisión, por sesinato en primer grado, pero a los tres años  se la puso en libertad, por buena conducta y por haber cumplido el tercer grado.

La navaja, con  las iniciales JJ en sus cachas, se comprobó que pertenecía a un gitano con mucho dinero que se llamaba José Jiménez, y ahora se exhibe en el museo de efectos del Cuerpo Nacional de Policía en Avila.

 

Ray Niebla

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