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Monólogos desde un diván El Mito por Ray Niebla.

Monólogos desde un diván

El Mito

por Ray Niebla.

 

Cuando un ser humano se sincera con un profesional y le cuenta cuál es la fabricación de ideas, cuál es la envergadura de su mente, puede resultar paradógico entender qué es lo que siente ese ser humano, cuerdo y lógico, cuando se expresa de esta manera. Voy a escribir lo  que un hombre me contó tumbado en un diván, sin traducir, sin interpretar, sin sacar ninguna conclusión, sólo trasladar al papel lo que quedó en una grabadora. Es tan intenso, tan lúcido y tan pródigo en verdad que me asusta entenderlo.

Si hay algo en lo que de verdad creo es en la posibilidad que tenemos de entender  al Cosmos, nuestro Cosmos. Y en esa interpretación, que hemos olvidado se encuentran todas nuestras soluciones. Creo que este escrito dará pie a pensar, de verdad, que hacemos con nosotros mismos.

 

 

            “Un día me encontré en la cima de una montaña y pensé ser Dios. Al dia siguiente me encontré en el fondo de una sima, oscura y húmeda y pensé ser el mismísimo diablo.

            Otro día sentí que ese Dios me complacía dándome lo que necesitaba, y al otro día sentí cómo el diablo  me manejaba con sus cuerdas como si de una marioneta se tratara.

            Y así un día encontré la paz que me enternecía y obraba en mí como una palabra mágica, y al dia siguiente encontraba la guerra que hacía que mis entrañas se volvieran oscuras y secas como la propia filantropía que algunos manejan como si fueran a hacer el bien con ella.

            Y dentro de la oscuridad y la claridad, que  de manera intermitente me acogía, fuí dando tumbos hasta encontrar el placer y vi en él la salvación.          El placer carnal, omnivoro y sexual fueron para mí la esencia de la capacidad evolutiva, el sumun de una felicidad dada para el bien de los demás.      Si yo conocía la felicidad la daría a todos como si de un maná se tratara.  Y allí fui  y conocí, y trabé las amistades necesarias para entender cómo era el mundo de los sentidos, lejos de aquellos páramos en los que había dejado parte de mi vida y con los que habia manejado la razón y la locura hasta los límites que me dejaron.

            Y cuando mejor estaba, cuando mejor entendia al ser humano que habitaba dentro de mí, encontré la oscuridad y el placer se convirtió en algo ajeno, algo estúpido y violento que no me dejaba  hacer ni descansar y comprendí que lo verdadero y lo pleno no es el placer de: sino el camino para llegar a él.

            Y  de nuevo el camino se hizo claro y el dios que me habitaba se hizo diáfano y honesto, nuevo y etéreo, conocido y evidente, y la montaña  se agrandó, se hizo voluminosa, se volvió poderosa y alcanzó a mi nervadura que se puso tensa y opípara de fe. Fuí al encuentro de otro nuevo ser en el que dar para compartir, y mi sorpresa llegó hasta su final, pues la figura del otro se hizo pequeña, se hizo sorda, oscura y pecaminosa hasta no entender qué era, y caí en el vacío como un cuerpo extraño que pesa demasiado para estar en  contacto con  el ser que me entregó la capacidad de relacionarme.   

            La dualidad, de todo lo que me rodeaba formó la permeable hendidura de mis sentimientos y fui a dar con mis osadas éticas en el palurdo tocón de un árbol hediondo y pleno de estúpidas pelambres. La oscuridad y la claridad se fundieron en una sola, lo bueno y lo mal malo hicieron lo mismo y lo feo y lo hermoso hicieron otro tanto, de manera que cuando iba a volver a bajar a las simas de mi enajenada personalidad, para poder entender qué era eso de las dos cosas a la vez siendo una sola, me dí cuenta que no era lo suficiente fuerte, y con escaso valor para hacerlo de  manera que, volví al camino primigenio, donde los valores y las morales se vuelven frágiles y ociosas, donde las verdaderas  virtudes no son más que palabras que suenan bien en los oídos ajenos, pero que apenas sirven para nada.  

 

            Los ojos se vuelven lerdos para entender, los sentimientos se dan de baja para entender, los bajos instintos se hacen grandes para entender, los corazones enhiestos de placer y entendimiento se rompen en pedazos por no entender.  Entendimiento prejuzgado y solapado, escondido y estorbado que vuelven loco al órgano supremo: el corazón, y de tanto entender no entiende nada, y estalla gozoso en un albur de jornada festiva conduciéndote a la buena muerte. Y allí, otra vez en la montaña, en la otra orilla, otra vez te sientes Dios y vuelves a los infiernos de donde nunca debiste salir pues has consagrado tus odios y tus venganzas a Belcebú, al dios de lo ominoso, al cabrón con cuernos que hunde sus raices en lo más oscuro del alma del hombre dejando de ser tal.

            Me dicen, y me repiten, como loros, los más entendidos, los clarividentes, esos que van por ahí hablando y hablando sin decir nada, que soy un cachito de Dios y otro cacho del Diablo y asi, con este discurso endiablado, oneroso  y poderoso, me siento yo, cabizbajo y aturdido, depresivo y atontado, comprendido y comprensivo, loco y cuerdo, mirazul de tiempo-espacio que llena mis noches, y la pregunta se hace eco. ¿Quién soy? ¿Qué hago aquí? ¿Por qué?  

            Ya lo sé. Soy yo, aquel que logró venir, después de mil recursos, mil discursos y mil versos de razones para llegar aquí. Aquel que encontró el camino a través de la niebla, y aquel que le dijeron cómo debía hacer para estar en esta Tierra, pero lo olvidé. Lo olvidé de tal manera que me cuesta reconocerme; me cuesta saber qué es la indignidad o la estulticia, o qué es la estrategia de vida, o simplemente cuál es la verdad que adorna mi frente,  por que en verdad en verdad digo que  el hombre que habita en mí no soy yo.  

            Conocimiento, entendimiento, eternidad, paz, verdad, justicia, empatía, virtud, consejo, chaladura, encuentro en la finitud de uno mismo y bla, bla, bla… efímeras palabras sin sentido que no obran construcción alguna en el interno patrio de los seres blandos y cobardes. Espacio verdinegro que intera con la duda, con la procaz esencia de los hombres y en ella se engaña al propio yo que acude en la ayuda prestando mentiras y sordeces, al origen divino que nos dieron para solaz de nosotros mismos.

            Un día me encontré en la montaña y pensé en ser Dios. Y al día siguiente me encontré en la Sima más oscura y pensé en ser el Diablo, y como por arte de magia se me concedieron ambos dones y así fuí. Unas veces Dios y otras Diablo, unas veces bueno y otras malo y unas veces feo y otras guapo, dualidad que converge en mis profundidades y se vuelve  completa porque así somos los dos que habitan en mí.”  

 

            Y sin más, después de este loco soliloquio, se  levantó me dio la mano y se fue por donde había venido para  estupor de mi persona que no entendió ni una papa de lo que estaba escuchando de aquel ejecutivo que ponía palabras en su boca que seguramente nunca debieron salir porque no era el tipo de hombre que se deja conocer así.

 

Y años despùes. Muchos años depués, reescuchando estas cintas, por la curiosidad de hacerlo, me encontré con esto de tan plena actualidad. Y pensé que el mundo se había vuelto loco mucho antes de lo que lo pensaba, y porque estoy convencido que el mundo de hoy está como una cabra, y porque también creo, que cada uno vive, cada día, su cielo y su infierno. Pero no tengo  duda, y lo creo a pies juntillas, y basados en esta dualidad de la que tanto se habló, se habla y se hablará, creo digo, que no hay que preocuparse, nada hay hecho y nada hay sin hacer, todo está predestinado y todo tiene libre albedrío, y si no ahí están las partículas intrincadas para demostrarlo. Nada debe preocuparnos. Por qué? Pues por que Sí, porque somos medio dioses, medio diablos. En el Todo está todo contenido. O no.

 

Ray Niebla.

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