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QUID PRO QUO por Ray Niebla

QUID PRO QUO por Ray Niebla

Un hilillo de sangre, apenas perceptible bajaba desde la sien hacia las cejas y manchaba, apenas, los párpados del ojo derecho.

Permanecia tumbado de ese lado con la cabeza en una alfombra de cachemir comprada en Thailandia el año anterior.

Era un hombre de talla grande, con una barba espesa y negra y, con unos pantalones de pijama que claramente le estaban pequeños. De boca amplia y generosa que se abría de par en par como si le faltase el aire, pero en realidad ya no podría nunca más ingerir aire porque estaba muerto.

Al lado, y mirando con estupor a aquel silente  y cuerpo inerte, el compañero, el autor de este hecho tan habitual en el hombre y tan antinatural que repugnaba a la vida.

Cómo era posible, se preguntaba mirando absorto al cuerpo tendido en la alfombra, que una discusión sin más importancia hubiera dado lugar a este hecho. Una insignificancia como la de discutir por amor. Un amor entre dos hombres adultos, dos seres cuyas vidas eran autónomas y que nadie ponía en entredicho. Pero el odio anida detrás de los celos y ese sentimiento, que  no es una ley natural, sino simplemente un sentimiento, que es tan poderoso como el amor, desató su furia sin poder soportar que su amor para toda la vida, su compañero de juegos, su soporte vital, le dijera que se estaba comenzando a  plantear si su relación era la  adecuada para sus vidas y, sólo pensar en que lo dejara hizo que la ira lo adoptara, lo hiciera suyo y con aquel cenicero de cristal de murano que habían robado de manera casual en una tienda de souvenirs, en una playa de Benidorm, lo golpeara con toda su fuerza, y el amor de su vida cayera al suelo muerto.

Le había arrebatado la vida a otro ser humano, algo que nunca llegó a sospechar que le podría pasar a él, pero  nadie puede prever qué es aquello que tiene destinado  la Providencia o simplemente qué es lo que sucede en la mente de uno mismo para cometer hechos que luego no nos explicamos. ¿Estaría todo relcionado con su sexo psicológico¿ aquel que estudiaba cuando hacía medicina en la Universidad que decía  que está dado por un componente endógeno que corresponde a la triada comosómico hormonal y morfológica, a la que se asocia otro factor, representado por la educación y el ambiente en el que se ha desenvuelto el sujeto.

Le dio miedo pensar en eso, al darse cuenta de cual había sido su ambiente, en su casa en el lugar del nacimiento, bandeado siempre por la violencia, las dscusiones,  el mal rollo entre su padre y su madre, o entre su madre y él.

Le dio a la cabeza y logró desacerse de sus pensamientos, volviendo su mente hacia lo práctico que siempre había sido. Tenía un problema y había que reslverlo. Punto.

Se deshizo del cuerpo como pudo, utilizando todos los recursos que le daba su inteligencia, todos aquellos planes que hacían saliera impune de ese delito, y por supuesto se sintió sucio, triste, a veces desamparado, pero la vida seguía en toda su amplitud y tenía que afrontarla como debía. No podía tirar por la borda todo lo que había conseguido por que se hubiera producido un hecho de esa categoría. A él siempre le habían dicho que los problemas están para resolverlos, no para sentirse culpable por ellos y esto al fin y al cabo no era nada más que una experiencia que debía soprepasar sin que afectara a su vida.

Y así lo hizo. Pero un día cuando salía de casa para ir a trabajar a la clínica donde prestaba sus servicios, se sintió extraño. Se sintió como si en su cuerpo anidara otra persona y pensó casi al mmento: creo que me estoy volviendo loco o soy bipolar, porque me siento como si alguien estuviera en mí, pero no me siento mal, sólo extraño.

Siguió andando por la calle, y  vio venir a una mujer de extraordinaria belleza. Sus pechos se balanceaban al unísono de sus piernas torneadas y bien dispuestas, y los gluteos avanzaban como dos saetas hacia él enfundados en un vestido sastre que afianzaban más sus formas. Era una diosa de la naturaleza, y cuando pasó a su lado y pudo oler su perfume, sintió por primera vez en su vida algo tan real que casi le hizo daño.

 

Decididamente se estaba volviendo loco, porque a él las mujeres nunca le habían gustado nada, ni siquiera para entablar diálogo con ellas. Pensaba en ellas como un igual, nada más. Pero ahora. ¿Qué pasaba con ellas?

Sintió la llamada, la atracción por el sexo opuesto, la dolorosa atracción que hace que el mundo sobreviva, que las especies procreen y el reino animal se vaya sustituyendo una y otra vez. Fue algo sublime, tan poderoso que por una vez entendió al hombre, algo que nunca supo, que no pudo prever, que no pudo pensar fuera tan doloroso y a la vez tan placentero, y se asustó, se asustó muchísimo, dada su condición de homosexual de toda la vida. Él había sido  gay desde que nació, había sido siempre mariquita, como le decían en la escuela, los amigos, las chicas que lo conocían, todo el mundo, y lo tenía asumido y nada le hacía encogerse ni avergonzarse, entre otras cosas porque era natural y gozaba de todos los derechos habidos y por haber, por tanto esta atracción tan desmesurada, tan  desconocida hizo que se tuviera que sentar en un banco de la calle porque parecía iba a perder el sentido. Su mareo le hizo presentir que su mente no funcionaba bien, que sus sentidos se iban por donde querían y no tenía control sobre ellos, pero su preparacicómo méidco le sijo que sólo era stress. Recuperó la calma sentado en el banco y se fue a trabajar.

Trabajó todo el día, pero a su mente iban y venían los gluteos, los pechos de aquella mujer, incluso ya no miraba a las chicas de la oficina como antes, que sólo eran compañeras, pues ahora las veía como personas como él, seres que  se pueden dar placer mutuo. Y se preguntaba, si era así como veían los hombres a las mujeres, ahora se explicaba muchas cosas de las que antes lo escandalizaban, asi que decidió tomar una determinación.

Vivía en Madrid y sabía que por el centro había sitios en los que un hombre podía estar con una mujer sin mayor problema y sobre todo  la zona donde estaban las mejores mujeres de la ciudad y según algunos de la tierra. Así pués se dirigió allí, y una vez contactado con el apartamento que más le convino, se encontró con una bella mujer de unos veintidos años que depositó en  él toda su energía sexual e hizo que se sintiera bien, muy bien. Pero cuando ambos se estaban duchando, cuando ese apetito había sido calmado, sintió asco, y su estupor volvió a inundarlo.

¿Qué le estaba pasando. Se estaba volviendo loco? O acaso aquello era un sueño del que debía despertar cuanto antes. Pero no, no era un sueño, era tan real como su propia vida que se mojaba debajo de la ducha de aquel apartamente del centro de Madrid.

Se tranquilizó cuando a su mente llegó un pensamiento que lo dejo pasmado. Lo que estaba claro es que era bisexual y nunca lo había descubierto sabiéndose homosexual puro, pero cuando pensaba en las cosas que había hecho  con aquella bella mujer y la propia penetración, era tal el asco, la culpa y la  sensación de ser un monstruo que ganas le dieron de estrangular a la pobre chica que se vestía ajena a todos estos pensamiento que  se producían al lado de ella.

Salió a la calle de nuevo y el aire lo azotó en la cara devolviéndolo a la realidad.  Volvió a casa compungido y desolado, abrumado por toda la barahunda de pensamientos que se le agolpaban en la mente y buscó una explicación en aquello que estaba a su alcance. Google sería su salvación como al parecer era la de mucha gente que se ocupaba de solucionar los problemas en la red.

En una de tantas páginas que visitó y de las que no sacaba nada en claro encontró un pensamiento que lo dejó sobrecogido: «confundes la ley natural con los sentimientos. El amor es sólo un simple sentimiento, ignoto e inexplorado todavía a pesar de hablar tanto de él durante decenios e incluso milenios, y aunque el orden jerárquico aún no se ha descubierto, o quiza es que no lo hay, hace que nuestra mente se confunda y no sepamos muchas veces hacia dónde vamos, ni quienes somos»

¿Hacia dónde iba él con una muerte a sus espaldas? lo que curiosamente no le causó ningún miedo o culpabilidad y se sintió decididamente un psicópata. ¿Acaso él tenía problemas  con ese trastorno de la personalidad? No lo creyó y se dio cuenta de que sus pensamientos eran absorvidos por sus conocimientos médicos. Y así con estos pensamientos miró por la ventana de la cocina donde tomaba un poco de agua y vio al vecino de enfrente que tecleaba en su ordenador y se fijó bien en él, pensando que no estaba nada mal, que un recorrido por las intimidades de un chico como aquel, quizá le suministrara una paz que no conseguía, y aquello hizo que la luz volviera a su ojos. Su vida tomaba el cariz que siempre había tenido. El era homosexual y eran los hombres, sobre todo si tenían una buena barba, y unas buenas espaldas los que lo atraían y ese vecino estaba muy bueno, pero que muy bueno. Así que sin más la paz volvió a su espíritu y puso todo su empeño en conquistar a su vecino que no tardó en caer en su redes, pudiendo descubrir que este vecino, siempre había estado enamorado de él, e incluso se habia ido a vivir a aquel piso por estar más cerca de ese amor no correspondido, y ni siquiera sabido.

Y así transcurrieron los días con sus noches, con las fiestas y los viajes, el trabajo y las satisfacciones amorosas que se daban plena y mutuamente, y aunque había algo que nunca lo dejaba en paz del todo, no le dio más importancia que al de una obsesión sin más. Había veces que sentía un poco de pánico por aquel pensamiento que lo invadía. Era violento, cruel, agresivo, pero siempre le achacó al stress del trabajo o a la vida ajetreada que llevaban por ser los mejores y ganar mucho dinero. Era lo normal de aquel tiempo.

Una tarde de aquel invierno crudo y  lluvioso, cuando después de hacer el amor se duchaban juntos, frotándose mutuamente y  haciendose las carantoñas que la situación requería, su querida pareja  le mordió uno de los pezones sin que él pudiera preverlo, fue un mordisco robado,  y fue tal la  descarga de agresividad, la  sensación de pérdida de todos los valores, el odio acumulado de siglos, que sin pensarlo le dio un empujón de tal envergadura que el hombre cayo hacía atrás desde el plato de ducha con tan mala fortura que se golpeó en el cuello contra la taza del water y se lo rompió quedando muerto en el acto.

Otra vez el estupor, otra vez la extrañeza, otra vez la continua desazón de ver cómo se repetía la vida, como se hacía copias de si misma una y otra vez  y como ya no cabía otro pensamiento que la solución de este nuevo problema, y no lo dudó un momento, pensando que  las experiencias estaban ahí para hacerlo crecer, para subsanar la falta de madurez que tenía, para encontrar  la cuita que la vida le  perpetraba de vez en cuando y como debía solucionarla.

Así pués, lo volvió a solucionar de la mejor manera sin que nadie se diera cuenta de nada, que la vida siguiera a su alrededor como si nada hubiera sucedido.

Dos dias después, a las tres de la mañana se despertó sobresaltado y húmedo, porque las poluciones nocturnas habian sido las dos noches anteriores tan copiosas que esta vez tuvo que levantarse y ducharse, pero a su mente acudió solícita, acuciante la piel de una mujer. La piel de la mujer era deliciosa, y se preguntó porqué la piel de la mujer es siempe más suave que la de los hombres. Porqué la voz de la mujer es siempre más atrayente que la de los hombres, porqué  sus ademanes son los que son, porqué  su manera de hablar, su ternura o simplemente su disposición a sentirse protegida era así.

La acuciante necesidad de estar  con una mujer se hizo irresistible, pero no cayó en la trampa de ir a ver a una vedete de la noche, si no que ahora lo haría como lo hacen todos los heteros. Conquistaría  y haría el amor hasta el agotamiento, aunque sin comprender todavía, qué era lo que le estaba pasando.

Pasó a la acción al dia siguiente y todo fue bien. Una mujer de cabello negro con piel  de terciopelo y ademanes muy femeninos se le cruzó en una de las reuniones de trabajo en la clínica y quedaron varias veces hasta que ella lo invitó a tomar una copa en su apartamento.

Fueron días muy acuciantes por la necesidad imperiosa de estar con una mujer. Era un dolor terrible, tener que soportar la presión; esa llamada, al parecer de la naturaleza que a veces se hacía imposible controlar. Se volvía a repetir: si esto era lo que sentían los hombres heteros cuando deseaban estar con una mujer, no era de extrañar que si esto no se producía, hubiera tantos conatos o actos violentos, de los hombres hacia las con mujeres. Pero cuando estaban los dos en el apartamento recoleto de ella, y tras una copa de vino comenzaron los juegos amorosos, sintió que el mundo se le venía a los pies.

No podía seguir. Su virilidad no actuaba con la potencia que se le pedía en ese momento y se asustó tanto que la ira, la rabia y la desazón se apoderó de él de tal manera que cogió a la mujer por el cuello  y apretó y apretó hasta que los ojos de la mujer, hasta entonces entornados por el placer, se quedaron abiertos como un abanico, pero sin movimiento, sin vida, y entonces sí que sucedió y allí mismo le hizo el amor.

Se levantó,  se arreglo la ropa y contempló su obra. Había dado un paso más en su estructura mental y había sido lo que seguramente siempre fue. Pero tampoco se arrepintió. Se sintió sosegado, tranquilo y ya en el cuarto de baño cuando se disponía a desnudarse para ducharse, vio con horror por el espejo, como la mujer que había dejado muerta en el salón y a la que le había hecho el amor con pasión desmadejada, le clavaba un cuchillo de grandes dimensiones en la espalda y la vida se le escapó para no volver jamás. No le dio tiempo a pensar qué habia pasado.Tampoco pudo ver el rostro demoniaco de la mujer que sonreía levemente sintiéndose segura. Y tan sólo un pensamiento acudió a su cabeza. ¿Por qué?

Aquella bella mujer, de piel aterciopelada y cabello negro, sintió que recuperaba su yo más interno cuando creía que lo había perdido, y procedió a limpiar la escena y a solucionar el problema, que era lo que tenía que hacer: los problemas están para solucionarse. Y una vez lo hizo, volvió a su propósito.

De nuevo tenía la sensación de que recuperaba su vida una vez más, y ahora se dispondría a buscar otra mujer que la hiciera de nuevo feliz.  No importaba cuanto durara, no importaba cuanto tendría que suceder, no importaba si tendría que matar a otros tantos hombres, pero ella seguiría su senda trazada desde que era pequeña y la violaba su padre. Jamás tendría una relación duradera con nadie, pero siempre sería fiel a su naturaleza.

No le importaba no diferenciar lo que era una ley natural y lo que era un sentimiento, pues al fin y al cabo los dos formaban parte de su propia naturaleza, y los dos eran el compendio de sí misma.

Alguien le dijo una vez que las leyes de la naturaleza son buenas para la especie, pero aburridas para el individuo, y que los sentimientos como el amor dejan de ser amor cuando se convierten en odio, pero eso sucede tan a menudo que la vida resulta apasionante cuando sucede así.

Miró por la venta  y vio un par de piernas largas, esbeltas que con medias negras paseaban por la calle haciendo que  los gluteos se contonearan de manera pausada y  sensual.

 

Ray Niebla

 

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